la nueva palabra fetiche: biomasa

Siempre se le ha llamado “leña”, pero ahora se llama “biomasa”. ¿A qué se debe este cambio de nombre? Gabriel Celaya dijo que “la poesía es un arma cargada de futuro”. Las palabras, en cambio, son armas cargadas de mensajes. En el mundo mercantilizado en el que vivimos, las palabras contienen mensajes publicitarios. Las palabras ya no sirven para identificar aquello a lo que designan, sino para engañar, para mentir y, a fin de cuentas, para vender.

La leña ha sido, y sigue siendo todavía en muchos lugares, la principal fuente de energía doméstica. Los hogares tradicionales utilizan leña para calentarse, para cocer el pan y para cocinar. Es una fuente de energía renovable, si se explota de una forma respetuosa. Las comunidades campesinas, en todo el mundo, han utilizado durante siglos la leña como combustible. Habitualmente la leña se recoge en los montes comunales por medio de suertes. Los vecinos se ponen de acuerdo en la cantidad de leña a cortar cada año y se reparten el producto obtenido por medio de suertes. Saben que el monte les asegura la energía que necesitan si son respetuosos con él. Se recoge la leña caída de forma que los bosques se mantienen limpios, y se corta la leña teniendo cuidado de que el bosque continúe produciendo leña para todos los vecinos durante sus vidas y las vidas de sus descendientes y de los descendientes de sus descendientes.

No se puede derrochar la leña, porque hay que asegurarse de que no falte en el futuro. No en todos los lugares se dispone de la misma cantidad de leña. En los pueblos de montaña, la leña puede ser también un recurso para intercambiar con productos de primera necesidad de los que carecen. En estos lugares la leña se solía convertir en carbón con el fin de conseguir la misma eficiencia energética con mucho menos volumen, siendo por tanto más fácil de transportar y de intercambiar por productos de los que carecían, por ejemplo, trigo.

El sistema tradicional de explotación de los bosques es autogestionado por sus beneficiarios sin necesidad de intermediarios, ni “emprendedores”, ni empresas que buscan obtener beneficios haciendo grandes negocios.

En un mundo mercantilizado como el actual, la energía no es una necesidad sino un negocio. La llamada “revolución industrial” y el auge del liberalismo y de la modernidad con sus “avances” científicos y técnicos, arrebataron la energía de las manos de los pueblos. El objetivo era convertir a las gentes libres y autogestionadas en esclavos dóciles, trabajadores a cambio de un salario y voraces consumidores de energía y de productos que no necesitan para nada.

La alarma provocada por el inminente fin de las reservas petrolíferas, el cambio climático, y el auge de los movimientos “ecologistas” que denuncian las consecuencias nefastas de la industrialización salvaje y del ilimitado consumo energético han sido los detonantes para que la “ecología”, “lo verde”, “lo limpio”, “lo renovable”, “lo bio”… se hayan convertido en palabras fetiche, en marcas de calidad, en etiquetas destinadas al mercado de consumo. Como el petróleo se está acabando hay que buscar alternativas para que todo siga igual. Y para que no vuelva a ocurrir lo mismo, las alternativas deben ser “renovables”, es decir, infinitas, porque la gran ilusión del sistema capitalista es que vivimos en un mundo de recursos ilimitados, infinitos y, por tanto, vivimos en un mundo en el que se puede crecer sin parar; no existen límites al crecimiento.

La leña se ha convertido en “biomasa”. La palabra suena bien, suena a “ecología” y a “verde”. La “ciencia” aporta argumentos a los mercaderes y elabora estudios con muchas fórmulas en los que se demuestra que el CO2 emitido por la combustión de “biomasa” queda compensado con el CO2 absorbido por los bosques de donde procede. Justifican la utilización de un combustible que se ha utilizado durante siglos como si lo acabaran de descubrir. Lo que sí han descubierto los modernos mercaderes es la forma de apropiarse de una nueva fuente de energía. Se apropiaron del agua haciendo desaparecer miles de pequeños molinos hidráulicos, muchos de ellos comunales, para construir enormes embalses. Se han apropiado del aire construyendo inmensos parques eólicos en las cumbres de las montañas. Se han apropiado del sol mediante la instalación de grandes huertos solares. Ahora se apropiarán de los bosques, de los montes comunales, para explotar la leña a la que ahora llaman “biomasa”.

La utilización de “biomasa” es por tanto un paso más en la centralización de las fuentes de energía. La explotación autogestionada de los montes para la obtención de leña se encuentra ya en vías de desaparición. Los pocos montes comunales que todavía quedan serán privatizados, “desamortizados” como decían en el siglo XIX, y entregados a empresas privadas que los explotarán pensando en su beneficio. A los vecinos de los pueblos a quienes arrebatarán sus montes comunales les ofrecerán cambiar sus viejas cocinas de leña por modernas estufas de “biomasa” que deberán alimentar con unas cosas que llaman “pellets” fabricadas con “biomasa”, es decir, con su leña, con la leña que les han arrebatado. También construirán centrales eléctricas de “biomasa” y venderán la electricidad más cara porque es “verde”.

Dicen que así seremos más libres. Tendremos más tiempo, porque ya no necesitaremos ir al monte a cortar leña para calentarnos y para cocinar. Bastará con que apretemos un botón. Todo el tiempo que ganaremos lo podremos utilizar en viajar, en hacer turismo y en ir de compras. Qué bien. Y todo utilizando energías renovables y ecológicas, biomasas, biocombustibles, biodegradables y biocarísimas. Tendremos la conciencia tranquila porque cuanta más energía gastemos más protegeremos el medio ambiente y el planeta, contribuiremos al relanzamiento de la economía, a la salida de la crisis, a la felicidad mundial y sobre todo a la evolución de la especie.

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