Nuit et brouillard

nuit et brouillard… noche y niebla… Nacht und Nebel

En alguna parte, entre nosotros, quedan kapos con suerte, jefes recuperados, soplones desconocidos.

Estamos nosotros, quienes miramos sinceramente esas ruinas, como si el viejo monstruo concentracionario estuviese muerto bajo los escombros, quienes fingimos retomar la esperanza ante esta imagen que se aleja, como si se curase de la peste concentracionaria, quienes fingimos creer que todo esto pertenece sólo a un tiempo y a un país, y quienes no pensamos en mirar a nuestro alrededor  y que  no oímos que se grita sin fin.

Nacht und Nebel (NN) Esta expresión tiene su origen en el decreto Keitel de diciembre de 1941. Este decreto estableció un plan que consistía en hacer que los resistentes detenidos en su países originarios fuesen conducidos a Alemania haciendo que a partir de ahí nadie pudiese saber nada de la suerte que habían corrido; haciendo así desaparecer  cualquier huella, en “en la noche y la niebla”. Los ideólogos del III Reich habían tomado la expresión de una ópera de Richard Wagner, “El oro del Rhin”, en donde tal fórmula era mágica: permitía a quien la pronunciase desaparecer a los ojos del mundo. Posteriormente la expresión, gracias a la película , se popularizó, convirtiéndose en metáfora de la deportación; una operación de metonimización prolongada por la célebre canción de Jean Ferrat.

La voz que se escucha durante la película dice:

Incluso un paisaje tranquilo, incluso una pradera sobrevolada  por  cuervos, rica en cosechas y de  variadas plantas, incluso una carretera por la que pasan los coches, campesinos, parejas, incluso un pueblo de veraneo , con una feria y un campanario, pueden conducir con toda naturalidad a un campo de concentración.

 Le Struthof, Oranienbourg, Auschwitz, Neuengamme, Belsen, Ravensbruck, Dachau, Mauthausen, fueron nombres como otros cualquiera en los mapas y las guías.

 La sangre se ha secado, las bocas se han callado, los bloques ya no son visitados más que por una cámara. Un poco de hierba ha crecido y recubierto la tierra usada para el pisoteo de los concentracionarios. La corriente no pasa ya por los hilos eléctricos. Ningunos pasos  más que los nuestros.

 1933, la máquina se pone en marcha.

 Es necesaria una nación sin malas notas, sin querellas. La nación se pone a la tarea.

 Un campo de concentración se construye como un estadio, o un gran hotel, con empresarios, divisas, concurrencia, sin duda regado  con vasos de vino.

 Nada de estilos impuestos. Se deja a la imaginación. Estilo alpino, estilo garaje, estilo japonés, sin estilo.

 Los arquitectos inventan con calma estos porches destinados a no ser franqueados más que una sola vez.

 Durante ese tiempo, Burger, obrero alemán, Stern, estudiante judío de Ámsterdam, Schmulzki, comerciante de Cracovia, Annette, estudiante de Burdeos, viven su vida diaria, sin saber que ya tienen, a mil kilómetros de su casa, un plaza asignada.

 Y llega el día  en que sus bloques se han terminado,  no faltan ya más que ellos.

 Detenidos de Varsovia, deportados de Lodz, de Praga, de Bruselas, de Atenas, de Zagreb, de Odessa, o de Roma, internados de Pithiviers, pillados en la redada del Velódromo de Invierno ( Vel´d´Hiv), resistentes encerrados en Compiègne, un gentío de descubiertos in fraganti, de detenidos por error,  de arrestados al azar, se pone en marcha hacia los campos.

 Trenes cerrados, candados, amontonan a cien deportados por vagón, ni día, ni noche, el hambre , la sed, la asfixia, la locura. A veces llega una noticia, recogida por ahí. La muerte hace su primera selección. Una segunda se hace a la llegada en la noche y la niebla.

 Hoy, en la misma vía, es de día y hace sol. ¿Se la recorre lentamente, a la búsqueda de qué? ¿ De la huella de los cadáveres que se desplomaban nada más abrirse las puertas? O bien de los pasos de los primeros desembarcados empujados a garrotazos hasta la entrada del campo, entre los aullidos de los perros, los destellos de los focos, a lo lejos la llama del crematorio, en una de esas puestas en escena nocturnas que tanto gustan a los nazis.

 Primera mirada al campo: es otro planeta. Bajo el pretexto higiénico, la desnudez, entrega de golpe al campo , al hombre ya humillado.

 Palpado, tatuado, numerado, aprehendido en el juego de una jerarquía todavía incomprensible, vestido con el traje azul a rayas, clasificado a veces como << Nacht und Nebel>>, <<Nuit et Brouillard>>, marcado con el triángulo rojo de los políticos, el deportado ve de frente en primer lugar a quienes llevan el triángulo verde : los presos comunes, dueños entre los sub-hombres. Por encima: el kapo, casi siempre un preso común. Más arriba todavía: el SS, el intocable. Se le habla a tres metros. En la cima: el comandante. Lejano, preside los rituales. Da la impresión de ignorar el campo. ¿Quién no lo ignora, por otra parte…?

 Esta realidad de los campos, despreciada por quienes la fabrican, inaprensible para quienes la sufren, resulta  vano que intentemos descubrir nosotros  las claves.

 Estos bloques de madera, estas literas en las que se dormía de tres en  tres, copnanos en los que   esconderse , en donde se comía a hurtadillas, allí en donde incluso el sueño era una amenaza, ninguna descripción, ninguna imagen puede dar cuenta de su verdadera dimensión: la de un miedo ininterrumpido.

 Haría falta el colchón que servía para ocultar la comida y también de caja fuerte, la colcha por la que se peleaba, las denuncias, los juramentos, las órdenes retransmitidas en todas las lenguas, las bruscas entradas del SS imbuido de sobradas ganas de controlar o de gastar alguna novatada.

 Ante este dormitorio de ladrillos, de esos sueños amenazados, no podemos  mostraros más que la superficie, el color.

 He ahí el decorado: estas construcciones que podrían ser cuadras, graneros, talleres, un terreno pobre convertido en terreno baldío, un cielo de otoño llegado a ser indiferente: he ahí todo lo que nos queda para imaginar esta noche cortada por llamadas de recuento, de control de piojos, noche que hace castañear los dientes. Hay que dormír con rapidez. Despertar a garrotazos, empujones, buscando los efectos robados.

 Las cinco, formación en la plaza del recuento. Los muertos por la noche habitualmente hacen  que no salgan las cuentas. Una orquesta interpreta una marcha de opereta a la hora de salir a la cantera, hacia la fábrica.

 Trabajo en la nieve que rápidamente será barro helado. El frío agrava las plagas. Trabajo en el calor de agosto con la sed y la disentería.

 Tres mil españoles murieron construyendo esta escalera que lleva a la cantera de Mauthausen.

 Trabajo en las fábricas subterráneas. De un mes a otro, se cubren de tierra, se hunden, se esconden, mueren. Llevan nombres de mujer: Dora, Laura.

 Estos extraños obreros de treinta kilos no inspiran mucha confianza. Y el SS les espía, les vigila, les hace reunirse,  les inspecciona y les cachea antes de volver al campo.

 Pancartas de estilo rústico reenvían a cada cual a su lugar de origen. El kapo no tiene nada más que hacer que contar las víctimas de la jornada. El deportado, por su parte, es embargado por la obsesión que dirige su vida y sus sueños: comer.

 La sopa. Cada cucharada no tiene precio. Una cuchara menos es un día menos de vida. Se cambia dos, tres cigarrillos, por una sopa. Muchos,   excesivamente debilitados, no pueden defender su ración contra los golpes y los ladrones.

 Esperan que el lodo, la nieve, los engulla.

 Extinguirse  teniendo una digna  agonía en cualquier lugar.

 Las letrinas, los accesos. Esqueletos con vientres de bebés acudían allí siete u ocho veces por noche. La sopa era diurética. Desgracia para quien encontrase un kapo borracho al claro de luna. Se observaba con temor, y se  acechaban los síntomas de inmediato familiares: <<hacer sangre>> era signo de muerte.

 Mercado clandestino: allí se vendía, se compraba, se mataba como si nada. Se  visitaba. Se imaginaba un plano de apartamento para la vuelta a casa. Se trasmitían noticias verdaderas y falsas. Se organizaban grupos de resistencia.

 Una sociedad tomaba forma. Una forma esculpida en el terror, menos alocada en cambio que la orden del SS que se expresaba por estos preceptos: << LA LIMPIEZA ES SALUD>> – << EL TRABAJO ES LA LIBERTAD>> – <<CADA UNO LO SUYO>> – <<UN PIOJO SUPONE LA MUERTE>>. ¡Así un SS!

 Cada campo reserva sorpresas: una orquesta sinfónica, un zoo, un invernadero en el que Himmler cuida sus frágiles plantas, el Roble de Goethe en Buchenwald. Se ha construido el campo al lado, pero se ha respetado el roble.

 Un orfanato efímero, constantemente renovado, un bloque de inválidos.

 Entonces el mundo verdadero, el de los paisajes calmos,  el de los tiempos de antes, puede aparecer a lo lejos,  aunque no tan lejos.

 Para el deportado era una imagen. Ya no pertenece más que a ese universo finito, cerrado, limitado por miradores desde los que los soldados vigilan la buena marcha del campo, mirando sin fin a los deportados, los mataban en ocasiones, a causa de su  falta de actividad.

 Todo es pretexto para chanzas, castigos, humillaciones. Los recuentos  duran horas. Una cama mal hecha: veinte bastonazos. Pasar inadvertido, no llamar  la atención de los dioses. Tienen su potencia. Su terreno para provocar la muerte.

 Este patio del bloque once, alejado de las miradas, apartado para el fusilamiento, con su muro protegiendo contra al estruendo de las balas. Este castillo de Hartheim, en donde los autocares con las ventanas tintadas conducen a pasajeros que no se volverá a ver.

 <<Transportes negros>> que parten de noche y del que nadie sabrá nunca más.

 Pero el hombre es increíblemente resistente:  aun con el cuerpo quemado de fatiga, el espíritu trabaja, las manos cubiertas de apósitos trabajan.

 Se fabrican cucharas, marionetas que se disimulan, monstruos, cajas.

 Se consigue escribir, tomar notas, ejercer su memoria con sueños. Se puede pensar en Dios.

 Se llega incluso a organizarse políticamente, disputarse con los presos comunes por el control interior de la vida del campo.

 Se ocupa de los camaradas más tocados…Se les ofrece alimento. Se crean lazos de ayuda. Como último recurso, se empuja con angustia a los más amenazados al hospital, a la enfermería ( Revier).

 Aproximarse a esa puerta era la ilusión de una verdadera enfermedad, la esperanza de un lecho. Suponía también el riesgo de una muerte por medio de una inyección.

 Los cuidados eran escasos, los medicamentos insignificantes, los vendajes de papel. La misma pomada sirve para todas las plagas. En algunas ocasiones, el enfermo hambriento come su apósito.

 Al final, todos los deportados se parecen. Se asemejan en torno a un modelo sin edad que muere con los ojos abiertos.

 Había un bloque quirúrgico. Por un momento, se habría imaginado uno ante una verdadera clínica.

 Doctor SS, enfermera inquietante…hay un decorado, ¿pero detrás? Operaciones inútiles, amputaciones, mutilaciones experimentales. Los kapos al igual que los cirujanos SS  hacen mano.

 Las grandes fábricas químicas envían a los campos envases con sus tóxicos productos. O bien compran un lote de deportados para sus experimentos. De esas cobayas, algunas sobrevivirán, castradas, quemadas con fósforo. Hay algunas cuya carne quedará marcada de por vida, más allá de su vuelta a casa.  De esas mujeres,  de esos hombres, los despachos administrativos conservan sus rostros, controlados al llegar.

 Los nombres son igualmente fichados. Nombres de veintidós naciones. Llenan centenares de registros, miles de ficheros. Un trazo rojo tacha los muertos.

 Deportados mantienen esta contabilidad delirante, siempre falsa, bajo la mirada atenta de los SS y de los kapos privilegiados.

 Estos últimos son los <<prominentes>>, la nata del campo.

 El kapo tiene su propia habitación en la que puede amontonar sus reservas y recibir por las noches a sus jóvenes favoritas.

 Muy cerca del campo, el comandante tiene su villa en donde su mujer contribuye a mantener una vida familiar y algunas veces hasta mundana como en cualquier otra guarnición. Tal vez se aburra un poco más: la guerra no quiere finalizar.

 Más afortunados, los kapos tenían un burdel. Prisioneros mejor alimentados, pero como los otros, destinados a la muerte.

 Algunas veces, de esas ventanas, cae algún trozo de pan para algún camarada del exterior.

 Así, los SS habían llegado a reconstruir en el campo una verdadera ciudad con su hospital, su barrio reservado, su barrio residencial, e incluso -sí- una prisión.

 Inútil describir lo que pasaba en los calabozos. Estas celdas calculadas de manera que uno no  podía ponerse ni de pie, ni tumbado, hombres y mujeres, fueron allí sometidos concienzudamente durante días a suplicios.

 Las salidas de aireación no evitaban que se oyesen los gritos.

 1942. Himmler llega al lugar. Es preciso aniquilar, pero con sentido de la productividad.

 Dejando la productividad a sus técnicos, Himmler se centra sobre el problema del exterminio . Se estudian planos, maquetas. Se ejecutan los planes, y los mismos deportados participan en los trabajos.

 Un crematorio, podía dar una imagen propia de una tarjeta postal. Más tarde – hoy- , turistas se hacen fotografiar allá.

 La deportación se extiende a Europa entera. Los convoyes se extravían, se detienen, vuelven a partir, son bombardeados, llegan al fin. Para algunos, la selección ya ha sido hecha. Para otros, se hará enseguida. Los de la izquierda irán a trabajar. Los de la derecha…

 Estas imágenes son tomadas poco antes de exterminarlos . Matar a mano toma su tiempo. Se piden botes de gas Zyklon.

 Nada distinguía la cámara de gas de un bloque ordinario. En el interior, una sala de duchas falsa acogía a los recién llegados.

 Se cerraban las puertas. Se observaba. El único signo – es preciso saberlo-, es el techo arañado por las uñas. Incluso el cemento se desconchaba.

 Cuando los crematorios son insuficientes, se organizan hogueras. Los nuevos hornos absorbían sin embargo varios miles de cuerpos al día.

 Todo es recuperado. He aquí las reservas de los nazis durante la guerra, sus graneros.

 Nada más que cabellos de mujeres…A quince pfennings ( moneda alemana) el kilo, con ellos se ha elaborado tejido.

 Con los huesos…abonos. Al menos se hacen pruebas.

 Con los cuerpos… no se puede decir nada…con los cuerpos, se quiere fabricar jabón.

 En cuanto a la piel…

 1945. Los campos se extienden, están llenos. Son ciudades de cien mil habitantes. Completos hasta los topes. La industria pesada se interesa por esta mano de obra indefinidamente renovable. Las fábricas tienen sus propios campos particulares con la entrada prohibida a los SS.

 ¡ Steyr, Krupp, Heinkel, I.G.Farben, Siemens, Hermann Goering ! se aprovisionan en esos mercados.

 Los nazis pueden ganar la guerra, estas nuevas ciudades forman parte de su economía. Pero las pierden.

 El carbón falta para los crematorios. El pan falta para los hombres. Los cadáveres obstaculizan las calles del campo. El tifus…Cuando los aliados abren las puertas…todas las puertas…

 Los deportados miran sin comprender ¿están verdaderamente liberados? ¿La vida cotidiana les va a reconocer y acoger?

 < No soy responsable>>, dice el kapo.

 << No soy responsable>>, dice el oficial.

 <<No soy responsable>>…

 ¿Entonces quién es responsable?

 En el momento en que os hablo, el agua fría de las marismas y las ruinas llenan los agujeros de los osarios, un agua fría y opaca como nuestra mala memoria.

 La guerra se ha calmado, tiene un ojo siempre abierto.

 La hierba fiel ha brotado de nuevo en la plaza del recuento alrededor de los bloques.

 Un pueblo abandonado, lleno de amenazas todavía.

 El crematorio está fuera de uso. Las astucias nazis han pasado de moda.

 Nueve millones de muertos llenan este paisaje.

 ¿Quién de nosotros vigila desde este extraño observatorio para advertirnos de la llegada de los nuevos verdugos? ¿Tienen realmente un rostro diferente al nuestro?

 En alguna parte, entre nosotros, quedan kapos con suerte, jefes recuperados, soplones desconocidos.

Estamos nosotros, quienes miramos sinceramente esas ruinas, como si el viejo monstruo concentracionario estuviese muerto bajo los escombros, quienes fingimos retomar la esperanza ante esta imagen que se aleja, como si se curase de la peste concentracionaria, quienes fingimos creer que todo esto pertenece sólo  a un tiempo y a un país, y quienes no pensamos en mirar a nuestro  alrededor  y que  no oímos que se grita sin fin.

Bibliografía:

+ Sylvie Lindeperg,  “ Nuit et Brouillard” . Un film dans l´histoire, Odile Jacob, 2007.

 + Sylvie Lindeperg, “ ‘Nuit et Brouillard’ l´invention d´un regard” in Jean-Michel Frodon ( sous la direction de), << Le cinéma et la Shoah. Un art à l´épreuve de la tragédie du 20 siècle>>. Éditions Cahiers du cinéma, 2007; pp., 85-109.

+ Jean Cayrol, “Nuit et Brouillard” in Oeuvre lazaréenne,  Seuil, 2007; pp., 991- 1001

Glosas a “Noche y Niebla”   Rebeca Romero -Glosas a Noche y Niebla (pdf)

Núria Sara Miras, Testigos que desaparecen en la noche…   Testigos-pdf

Reseña en kaosenlared

Nuit et brouillard en imdb 

 

Henchman Glance

Un documental titulado Henchman Glance (La mirada de Eichmann) de Chris Marker, fue estrenado a finales de 2010 en el Berlin Documentary Forum. Muestra durante treinta y tres minutos al mismísimo Eichmann frente a una pantalla donde se proyecta Noche y niebla (1955), de Alain Resnais. El montaje de Chris Marker combina los planos del filme de Resnais con los de Eichmann mientras ve la película, durante el juicio al cabo del cual fue condenado en 1961. Según el crítico y cineasta Gonzalo de Lucas, «en ningún plano Eichmann parece reaccionar ni conmoverse, ni modificar su expresión. El verdugo, aquí acusado, se mantiene inalterable. Pero ni siquiera podríamos asegurar que es un hombre indiferente o insensible ante lo que está viendo». No en vano, Hannah Arendt ya lo había advertido en su ensayo sobre este hombre «de contornos mal definidos»: seis psiquiatras habían certificado que Eichmann era un hombre normal. «Más normal que yo», se dijo que había exclamado uno de ellos tras pasar por el trance de examinarlo.

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